Después de Rimet
Por: María Reyes / @maria_FerGR
“Si el resultado no es una consecuencia, significa que es casual. Y cuando algo sale de casualidad, no sabemos cómo hacer para repetirlo” –Javier Mascherano
¿Cuál es la edad ideal, perfecta, donde sientes que has cumplido todo lo que tu juventud demandaba y puedes permitirte contemplar otras cosas, nuevos horizontes que antes no existían para ti? O pero, horizontes que sí que existían pero no querías contemplar, como si fueran un marcador, un punto de quiebre.
En el mundo de los deportes, ese horizonte cuelga como una sombra antes de cada partido y, quiero pensar, antes de cada entrenamiento, todas las noches. Mientras vas a la cocina o andas en bici, cuando contemplas una motocicleta y sabes que no la puedes usar. Cuando un contrato te prohíbe actividades diferentes porque podrías damnificar tu carrera. Y no tanto tu carrera sino la inversión de un club. A veces pensamos que los talentos de un futbolista residen en la camiseta y cómo la porta, pero olvidamos frecuentemente que la elección de usarla día con día conlleva cierto rencor o, al menos, cierto sacrificio que está coexistiendo todo el tiempo en el campo.
Esencialmente, lo que puedo hacer y lo que no, porque la vida de un atleta de alto rendimiento está condicionada por muchas más cosas. Me gusta pensar siempre que lo que articula esas condiciones es un deseo superior: el de dedicarse a lo que más les gusta. Aunque eso implique sacrificar mil otras cosas.
En mis tiempos, cuando bailaba, dedicarse a eso no implicaba nada más la renuncia de cuatro horas diarias para clase. Era también sacrificar tiempo para los amigos, estrés doble por el rendimiento escolar, llegar tarde a casi todo en época de clases abiertas o ensayos y presentaciones, no poder hacer otras actividades porque no te da tiempo o porque físicamente estás impedido (correr, por ejemplo, para mí es una tortura porque no corro bien y si lo intentara, la alineación de mis tobillos me provocaría una lesión). En el futbol profesional es igual.
Escuché hace poco un par de historias sobre futbolistas que habían tenido que mentir un poco: por ejemplo, la leyenda urbana de Carles Busquets, que se quemó las dos manos por atrapar una plancha caliente que iba a caer sobre su hijo Aitor. Las versiones posteriores, coincidentes con la personalidad del jugador, señalaron que no, que había sido una mentirilla para ocultar un accidente en moto. Luego pasan cosas como la de Xabi Alonso, cuya acción oficial de retiro fue comprar una motocicleta. Liberación y esas cosas. Control de tu propia vida. El retiro o el desempleo prematuro.
Estaba pensando en esto hace un rato, que vi el anuncio oficial del retiro de un grande, Mascherano. Hace no mucho, vivíamos sentimientos encontrados cuando se fue del Barça. Si tuviera que hacer un collage de palabras no mías, palabras que salen de Suárez, Piqué, Ter Stegen, Sergi Roberto o Messi, la experiencia del 14 se resumiría en muchos años y un orgullo. Todos estos años compartiendo vestuario. Apreciar su trabajo desde el primer día hasta el último; convertirse en un ejemplo. Verlo entrenar te sube el ánimo. Aprender con él fuera y dentro del campo, nos hiciste mejores profesionales.
El trato que tuvo desde el primer día, compartir anécdotas, charlas, todas las cosas que vividas en el club. Pedazos de recuerdos que a veces se les escapan a los jugadores detrás de una sonrisa; o algún sentimiento que no van a expresar. El lugar común también, porque a veces no hay jugadores elocuentes. Pero cada palabra suma y aporta un perfil del inolvidable 14. Bicampeón Olímpico. Campeón con River. Parte del Barça en su versión gloriosa. Líder. Héroe. Lo más significativo que podrían decir de Mascherano es que es un fenómeno como persona.
Y final, en el retiro, creo que eso es lo que cuenta. A los 36 años, sentado en rueda de prensa, contemplando una situación nada agradable para el club Estudiantes de La Plata, no necesitas ser un fenómeno futbolístico. Necesitas ser un fenómeno de persona para decir que la ilusión está perdida. Que algo que te define se ha ido y ahora se resiente.
Físicamente, eso se conoce como saber tus límites y respetar a tu cuerpo. Ante la ola de comentarios furiosos que he visto, quiero retomar una expresión que usó el ex 14: por respeto al club. Independientemente de si es un lugar común (que dudo, porque sólo se necesita escuchar a este hombre declarando), hay mucha verdad detrás de lo que dice. El futbol no es ballet, no necesita verse estético en cada función, no se necesita un tipo de cuerpo específico para lucir. Pero sí es un engranaje que funciona como una puesta de escena.
Si algún bailarín no funciona, el trabajo de todos se arruina porque la puesta en escena se destruye, la coreografía se fragmenta, la composición visual se anula y el prestigio de la compañía baja porque sus bailarines no tienen la técnica suficiente. En el futbol, cuando un jugador no funciona, las jugadas no se concretan, el equipo se estanca, no fluye, los demás tienen que descuidar sus posiciones para cubrir las deficiencias, y la afición lo nota.
Cuando alguien de la talla de Mascherano nota que su rendimiento físico y su ilusión van en detrimento, el club no puede más que afectarse. Y es un egoísmo total esperar que el protagonismo supere la unidad y el equipo.
Cuando lo despedimos del Barça, sentimos la pérdida de un grande. Ahora que lo despedimos del futbol, independientemente de si se va entre aplausos o comentarios negativos, no podemos sino esperar que se encienda algo nuevo. Tal vez la Academia Javier Mascherano. Al menos una nueva acción post-futbolística que lo saque de su identidad contractual y le recuerden un poco los sueños de la vida normal, esa llena de riesgos comunes, disfrutables, que vivimos todos.
