Por: Carlos Madrid
Hay tradiciones que sobreviven porque nunca cambian.
Y hay otras que permanecen vivas precisamente porque se atreven a evolucionar.
El chile en nogada parece pertenecer al segundo grupo.
Durante décadas, la conversación era la misma: ¿qué restaurante prepara el mejor? Hoy la pregunta es distinta. La nogada ya no vive únicamente sobre un chile poblano. También aparece en un cheesecake, una panna cotta, un helado artesanal y en postres de autor que intentan reinterpretar uno de los grandes símbolos gastronómicos de Puebla.
La reacción suele dividirse en dos bandos.
Están quienes consideran que cualquier modificación es una falta de respeto a la tradición. Y también quienes creen que la cocina sólo permanece viva cuando encuentra nuevas formas de expresarse.
Pero quizá la discusión está mal planteada.
El verdadero debate no es si un cheesecake de nogada debe existir.
La verdadera pregunta es si esa reinterpretación comprende la historia que hay detrás del platillo o simplemente intenta aprovechar su popularidad.
Porque innovar no consiste en agregar nogada a cualquier receta. Innovar implica entender que esa salsa representa mucho más que nuez de Castilla, queso, frutas de temporada y granada. Representa una época del año que los poblanos esperan con entusiasmo, una herencia culinaria que ha pasado por generaciones y una identidad que trasciende la mesa.
Por eso las propuestas más interesantes no buscan copiar el chile en nogada.
Buscan traducir su esencia.
El helado artesanal fue una de las primeras reinterpretaciones en encontrar aceptación porque conserva los aromas y sabores de la nogada sin intentar sustituir al platillo original. Hoy algunos chefs y reposteros exploran el mismo camino con postres donde el protagonista ya no es el chile, sino la memoria que deja la nogada.
Claro, también existen excesos.
Como ocurre con cualquier tendencia gastronómica, aparecen versiones que convierten una tradición en simple estrategia comercial. Y es ahí donde el criterio del cocinero hace la diferencia entre una propuesta con identidad y una ocurrencia pasajera. Quizá ese sea el verdadero reto para la cocina poblana. No conservar el chile en nogada dentro de una vitrina, sino permitir que dialogue con nuevas generaciones sin olvidar de dónde viene. Porque las tradiciones no se fortalecen cuando se repiten exactamente igual durante doscientos años.
Se fortalecen cuando cada generación encuentra una nueva manera de entenderlas sin borrar su origen.
Tal vez por eso un buen postre de nogada no debería competir con el chile.
Debería provocar algo mucho más valioso.
Que, después del último bocado, alguien quiera volver a probar el original.