Por: Carlos Madrid
Hay quienes llegan a Africam Safari pensando que el momento más memorable será encontrarse frente a un león, una jirafa o un rinoceronte. Y sí, la cercanía con la vida silvestre sigue siendo impactante. Pero lo más sorprendente del parque poblano no tiene patas, alas ni colmillos.
Es una idea.
Hace más de cinco décadas, cuando la mayoría de los zoológicos exhibía animales detrás de rejas, Africam Safari apostó por un concepto que hoy parece natural, pero que entonces resultaba revolucionario: que fueran las personas quienes recorrieran el territorio de los animales y no al revés. Esa visión, impulsada por su fundador, Carlos Camacho Espíritu, terminó por convertir al parque en un referente de conservación y bienestar animal.
Con el paso de los años llegaron programas de rescate, reproducción y protección de especies, y recientemente historias como la de Benito recordaron al país que detrás de cada animal existe un trabajo silencioso que rara vez ocupa los titulares.
Quizá ahí está la verdadera experiencia.
Más allá de la fotografía o del recorrido en automóvil, Africam Safari consigue algo que cada vez ocurre menos: hacer que el visitante desacelere, observe y entienda que la naturaleza no está ahí para entretenernos, sino para recordarnos que también somos parte de ella.
Y tal vez por eso, lo más sorprendente de Africam Safari nunca ha caminado en cuatro patas. Siempre ha sido la capacidad de un lugar para cambiar, aunque sea por un instante, la manera en que miramos la vida.