La música de los festejos a San Isidro Labrador aún resonaba en el aire de San Francisco Ocotlán cuando el destino trazó una ruta mortal. Cuatro jóvenes, cuyas edades apenas rozaban el umbral de la vida adulta —entre los 17 y 20 años, e incluso un menor de 15—, encontraron un final abrupto y violento al fondo de la cantera «El Montero». Lo que comenzó como una noche de júbilo y tradición, terminó en un amasijo de hierros al fondo de un precipicio de 30 metros, dejando a una comunidad sumida en el luto y la duda.
La madrugada de este sábado, el Volkswagen azul con placas de Tlaxcala en el que viajaban los jóvenes se desvió de los caminos principales. Según las versiones que corren entre los deudos, el grupo intentaba eludir la vigilancia policial, serpenteando por caminos de terracería para evitar las multas por el presunto estado de ebriedad en el que conducían. Sin embargo, en la oscuridad de la periferia poblana, la maniobra de escape se convirtió en un salto al vacío cuando el conductor perdió el control de la unidad, precipitándose hacia el fondo de la antigua cantera.
Claves de la tragedia en «El Montero»:
- Víctimas: 4 varones jóvenes (uno de ellos de apenas 15 años).
- Lugar: Cantera El Montero, límites de San Francisco Ocotlán y Coronango.
- Vehículo: Volkswagen sedán azul, placas de Tlaxcala (destrozado).
- Hipótesis: Exceso de velocidad, alcohol y presunta evasión de patrullas de Tránsito.
- Escena: Rescate de cuerpos por Bomberos y Fiscalía General del Estado (FGE).
Las escenas en el lugar del accidente fueron desgarradoras. Padres, hermanos y amigos rompieron el cerco policial, descendiendo por las paredes de la cantera con la esperanza desesperada de un milagro que no llegó. Entre el llanto, una joven vestida con la melancolía de quien pierde a un amigo cercano, recordaba que uno de los fallecidos acababa de celebrar sus quince años; ella era su chambelana. Los sueños de graduaciones, empleos y familias quedaron sepultados bajo toneladas de metal y tierra.
Mientras el personal de la Fiscalía realizaba el levantamiento de los cuerpos, la narrativa de los familiares cobraba fuerza: la creencia de que los jóvenes huían de una patrulla de Coronango para evitar una infracción. Esta sospecha añade una capa de amargura a la tragedia, planteando la eterna pregunta sobre el costo de la autoridad y la responsabilidad individual. ¿Fue el miedo a la multa o la imprudencia del alcohol lo que empujó el volante hacia el abismo?
La tragedia en Coronango es un espejo doloroso de una juventud que a veces busca libertad en el riesgo. Hoy, las veladoras en San Francisco Ocotlán no son para pedir una buena cosecha a San Isidro, sino para iluminar el camino de cuatro almas que se despidieron demasiado pronto. La muerte de estos jóvenes debe ser algo más que una estadística de fin de semana; debe ser un llamado a la conciencia en una sociedad donde la fiesta y la tragedia suelen caminar de la mano por los mismos senderos de terracería.
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