Hay crímenes que por su absoluta desproporción fracturan la conciencia colectiva y revelan los abismos más oscuros a los que puede descender la miseria humana. En los caminos de terracería de la junta auxiliar de San Salvador Chachapa, en el municipio de Amozoc, la noche del pasado 4 de agosto fue testigo de un acto de una crueldad insondable: Doña Dominga Pérez, una mujer de 82 años que dedicó su vida al trabajo honesto mediante la venta de cemitas, fue asesinada a pedradas para despojarla de un botín tan ínfimo como trágico: noventa pesos.
La rutina de Doña Dominga, construida a lo largo de más de ocho décadas sobre el esfuerzo cotidiano y el cansancio legítimo, se extinguió en la penumbra de un camino vecinal junto a una ladrillera. A pesar de no haber opuesto resistencia alguna ante su agresor, la vulnerabilidad de la anciana no conmovió al infractor, quien optó por golpearla salvajemente en la cabeza con una piedra. Tras el reporte de auxilio, paramédicos y elementos policiales acudieron al sitio solo para confirmar lo inevitable, dando paso a las diligencias de la Fiscalía General del Estado para buscar al responsable de este homicidio que hoy enluta a toda la región.
Radiografía de una indignación social:
- La víctima: Dominga Pérez, de 82 años, mujer trabajadora recordada por su labor en la venta de cemitas.
- El escenario: Un camino de terracería en las inmediaciones de una ladrillera en la junta auxiliar de San Salvador Chachapa, Amozoc.
- El móvil: Un asalto cuyo botín fue de apenas 90 pesos, producto del esfuerzo de su jornada laboral.
- La brutalidad: La víctima fue interceptada la noche del 4 de agosto y atacada a pedradas en la cabeza, sin oponer resistencia.
- El eco comunitario: Condolencias generalizadas de los habitantes y mensajes de despedida de colectivos locales como Jóvenes Mendizabal, mientras la FGE investiga el caso.
En el universo del absurdo que a menudo retrata la condición humana, la muerte de Doña Dominga plantea una pregunta insoportable: ¿en qué momento el valor de una vida humana se degradó al punto de costar noventa pesos? El asesinato de una adulta mayor que caminaba de regreso a su hogar tras una jornada de subsistencia no es un simple delito patrimonial; es el síntoma de una sociedad corroída por el nihilismo, donde el tejido ético se deshilacha en las periferias metropolitanas. Mientras los vecinos la despiden con el dolor de quien pierde a un pilar entrañable de su comunidad —recordando que su ausencia deja un silencio que duele—, el Estado y la sociedad tienen la obligación moral de no normalizar la barbarie que acecha a los más desprotegidos. La justicia para Doña Dominga no devolverá los años segados por la codicia ciega, pero es el único dique que le queda a nuestra civilidad frente a la marea de la deshumanización.
Escrito por Redacción Puebla En Línea
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