¿En serio se puede hacer una tregua de un mes y 10 días en el México actual que vivimos?
Historias de un joven reportero
Por: Gerardo Ruiz / @GerardoRuizInc
Voy en un taxi rumbo al Estadio Camp Nou para ver el clásico del invierno del 2019 (justo antes de que el mundo se detuviera por dos años por la pandemia del Covid-19) entre el Barcelona, aún con Lionel Messi en el equipo, contra el Real Madrid, de Cristiano Ronaldo en su última temporada con la escuadra blanca.
En el trayecto de Paseo de Gracia rumbo al Barrio de Les Corts platico con el chofer de turno que conduce más de 12 horas para ganarse la vida y me dice que él dejó de ser fanático del fútbol desde hace al menos 10 años cuando se enteró de los sueldos que ganan los futbolistas, que son muy superiores a los que gana un doctor con especialidades y que a diario salva decenas de vidas.
(Sí, la eterna discusión de la demanda del mercado y el capitalismo salvaje).
“Yo era muy fanático del Barcelona, pero ya no me mueve más”.
Para mi yo de ese entonces era inconcebible cómo un catalán que apoyó por años al equipo culé dejó de serlo justo en la era de Messi y más viviendo en una de las capitales mundiales del fútbol, con la mejor escuela de formación infantil y juvenil de todo el planeta.
Creo que hoy lo entiendo todo.
El primer síntoma de la vida adulta es –justamente– perderles la pasión a las cosas banales.
El fútbol es la cosa más banal que existe.
La más importante de lo menos importante.
Sigo siendo un fanático más por costumbre que por convicción del deporte que logra detener al mundo por completo por cerca de un mes.
Sigo yendo al estadio Cuauhtémoc con la misma ilusión, que cada vez se pierde más, que lo hacía cuando mi papá me llevaba desde los tres años para ver los últimos años de ese Puebla “campeonísimo” de la 89-90.
«Con el Puebla, aunque gane», suelo repetir cada vez que alguien me pregunta a qué equipo le voy.
Jugué fútbol desde los tres años y llegué a básicas del Puebla. Con la Selección del Benavente de la Generación 87 salimos varios veces campeones de la Liga Ibérica, del Torneo Nike, de la Pepsi, del Torneo de Barrios, de los Juegos de la SEP. Solía jugar con mis amigos de la escuela de manera frecuente hasta que mi rodilla hace cinco años dijo ya no más.
Veo todos los partidos de la Selección Mexicana, pero cada vez me siento menos identificados con esos jugadores, que hoy son los hijos de aquellas leyendas que vi partirse el alma en los estadios de Francia durante el Mundial de 1998.
La pasión por “El Tri”, que me hizo llorar por el gol de Maxi Rodríguez en los tiempos extras del partido de octavos de final contra Argentina en Alemania 2006, ya no es la misma.
Su ‘tiro de gracia’ fue el penal que Arjen Robben se inventó en tiempo agregado en la eliminación contra Holanda en Brasil 2014.
La pasión ya no está.
Esta mañana me desperté con un mensaje de Estaban Arce en su perfil de X que me dejó pensando, que estuvo a nada de hacerme recapacitar y sumarme a la euforia del Mundial 2026 de la FIFA, que tiene como sede México, Estados Unidos y Canadá.
“Mañana empieza el Mundial y yo me pregunto: ¿qué tal si al menos durante estos días nos la pasamos a toda madre?
¿Qué tal si los mexicanos jalamos todos para el mismo lado? Sin chairos ni fifis, sin norteños ni chilangos ni tapatíos, sin partidos políticos. Solo una banda enorme gritando y festejando por el mismo equipo.
Hagamos la prueba. Demostrémosle al mundo que México es chingón.
Y cuando acabe el Mundial, que ese mismo entusiasmo no se quede en la cancha. Que cada quien, por su lado, siga jalando para sacar a México de los problemas que hoy nos pesan.
Porque si somos capaces de unirnos 90 minutos para gritar un gol… imagínate lo que podemos hacer cuando de verdad nos lo proponemos”.
¿En serio se puede hacer una tregua de un mes y 10 días en el México actual que vivimos?
O sea, que tenemos que decirles a los familiares de las 132 mil personas desaparecidas en el país que se esperan hasta que acabe el Mundial para ofrecerles alguna solución.
O a las casi mil víctimas de feminicidios en México en lo que va del sexenio que la crisis la atendemos hasta que culmine el torneo organizado por la FIFA.
O que las personas que están sufriendo un infierno en vida por la violencia provocado por el narcotráfico en diferentes puntos del país que también pongan en pausa todo durante casi 40 días que dura la Copa del Mundo.
O los 7 millones de mexicanos que viven en pobreza extrema que mejor coman un partido de la Selección Mexicana para calmar el hambre.
¿Y después del Mundial qué?
El balón se detendrá 19 de julio, pero México seguirá siendo el mismo.
¿Una tregua por el fútbol?
Qué cosa tan más vil y banal.