El Instituto Electoral del Estado y el Tribunal Electoral del Estado son dos entes que no sirven para nada y cuyo trabajo es inexistente.
Historias de un joven reportero
Por: Gerardo Ruiz / @GerardoRuizInc
Bien dicen que tenemos la clase política que merecemos.
Y es que nuestros representantes populares y servidores públicos, en gran medida, es un espejo de lo que somos como sociedad.
En cada elección soñamos con la utopia de un voto razonado, el cual nos lleve a elegir a gobernadores, alcaldes, legisladores y –ahora en la era de la 4T– jueces y ministros. Y, sin embargo.
En un país de pobres todo tiene un precio.
Incluso, las voluntades.
Hago especual enfásis en la elección judicial, el último gran invento del Segundo Piso de la Cuarta Transformación, la cual está dejando resultados catrastróficos para la administración e impartición de justicia en el país. Lo que estamos viendo en la Suprema Corte de Justicia de la Nación es, por decir lo menos, una miseria por parte de la primera generación de ministros electos por el voto popular.
Desde que damos nuestro voto a personas sin la preparación necesaria para ejecutar, legislar o juzgar estamos condenado al desastre.
En Puebla, estamos frente a una decadencia política y social.
Así como el núcleo familiar cada vez está más lastimado; la clase política nos entrega año con año peores resultados.
Tan solo basta con echar un visto a la peor Legislatura en la historia de Puebla, que, con sus contadas excepciones, está llena de fantoches, charlatanes, improvisadas y demás personajes que bien podrían pertenecer a la picaresa de la aldea.
Las ideas, la ideología y los fundamentos son cada vez más escasos entre las personas que ostentan un cargo popular o un puesto en los organigramas del gobierno del estado o de las principales alcaldías de la entidad.
En las vísperas del inicio del proceso electoral del 2027, en el que se renovarán todas las presidencias municipales de Puebla, así como las diputaciones locales y federales, estamos otra vez frente a una oferta paupérrima y vergonzante.
Los “genios” de la comunicación política otra vez están recurriendo a violar sistemáticamente las leyes en la materia frente a una autoridades electoral, que ya ya no solo es omiso, sino, ridícula.
El Instituto Electoral del Estado y el Tribunal Electoral del Estado son dos entes que no sirven para nada y cuyo trabajo es inexistente.
Tal y como sucedió en el 2023 durante los procesos internos de Morena, Puebla comienza a contaminarse con propaganda electoral en espectaculares y bardas, en las que se promocionan de forma ilegal los aspirantes a una alcaldía o una curul en los Congresos local o federal.
Ante la desidia del IEE, está “moda” morenista ya también es replicada por el PAN, el cual está perdiendo todo el rumbo e ideología bajo la premisa “a dónde fueres, has lo que vieres”.
¿Cuántas decenas de bardas o anuncios espectaculares se necesitan para subir lo suficiente en porcentajes de conocimiento e intención al voto?
¿Realmente este tipo de publicidad, violatoria de las leyes electorales, sirve para construir candidaturas o ganar elecciones?
En el 2023, el rey de los espectaculares, Nacho Mier, sufrió un revés escandaloso a manos de su primo y odiado rival, Alejandro Armenta, quien a pesar del dispendio propagandístico del hoy senador le ganó la candidatura de Morena al gobierno del estado, lo que a la postre lo llevó a encubrarse como titular del Ejecutivo local.
Insisto, estas estrategias electorales dudo mucho que entreguen los resultados deseados y, más bien, generan el repudio de los votantes en contra de todos aquellos y aquellas que no son capaces de respetar las leyes electorales.
No solo eso, la ciudad de Puebla y la zona metropolitana terminan después de cada proceso electoral con una pésima imagen urbana con pintas que solo engrandecen los frágiles egos de estas personas que piensan que inundando con su nombre el mobiliario urbano de tal demarcación lograran ganar más votos.
Nada más alejado de la realidad.
Tenemos la clase política que merecemos.
En la guerra de las bardas los únicos que perdemos somos los poblanos.
Ni hablar.
Somos lo que votamos.