Llevo casi 40 años viviendo en la ciudad de Puebla. Aquí nací, crecí y me críe. Nunca he dejado la que alguna vez fue conocida como “Puebla de los Ángeles”.
Historias de un joven reportero
Por: Gerardo Ruiz / @GerardoRuizInc
Una frase que entendí hasta que llegué a la edad adulta es: “todo tiempo pasado fue mejor”.
La célebre expresión acuñada por el poeta Jorge Manrique en su Coplas por la Muerte de sus Padre cobra un sentido relativo cuando vez que el tejido social actual se descompone a pasos agigantados y que nuestra sociedad está perdiendo no solo valores, empatía y otredad, sino también, la capacidad de asombro.
Llevo casi 40 años viviendo en la ciudad de Puebla. Aquí nací, crecí y me críe. Nunca he dejado la que alguna vez fue conocida como “Puebla de los Ángeles”.
Hoy, más bien, es “Puebla de los Demonios”.
Recuerdo como mi papá en paz descanse, quien conocía a la perfección todas las calles de la Colonia América Sur –la famosa CAS– en donde nació, me contaba como Plaza Dorada eran campos de futbol de tierra y la ciudad acaba en lo que es Solesta y hasta Covadonga, en donde existían campos de baseball en los que decenas de poblanos jugaban a la pelota caliente con un talento extraorindianrio. Uno de ellos era mi abuelo, quien siempre fue buscado por Los Pericos, al decir de mi padre.
También recuerdo las historias de Los Pitufos, la famosa banda delincuencial que nació en el Barrio de El Refugio, en San Antonio y a unas calles del centro histórico de Puebla. En ese entonces esa era la única zona peligrosa de la ciudad.
Fui, tal vez, la última generación que creció libremente en las calles y sin redes sociales. De niño jugué futbol en medio de los coches con cuadro piedras para simular los dos postes de las porterías. Anduve en bici por todas las calles de Bugambilias, Patrimonio, Villa Encantada, El Cerrito. Plaza Crystal fue nuestra segunda casa con su McDonalds, su Cinepolis y su Smash.
Estudié en el Colegio Benavente desde la primaria y hasta la preparatoria. En el plantel de la 25 Oriente se podían ver a los alumnos llegar a pie e irse caminando a Plaza Dorada por unas papas de C&A o a jugar maquinitas.
Recuerdo que la caseta a Atlixco llegaba hasta lo que hoy es el CIS, después fue trasladada a Plaza W y ahora está en la entrada de Lomas de Angelópolis.
Como adolescente disfruté el esplendor de los bares de Cholula. La 14 Oriente, que era conocida como Camino Real, se detenía todos los fines de semana. Era imposible llegar en coche a los antros de la zona como el Tigre de Santa Julia, Unit, Ambar, Ming, Bar Fly, Bombai, Bambukos, Tiki, Aita, entre otros muchos.
También vi el ocaso de la Avenida Juárez con los antros Shiva o Sukho. A la mitad de los 2000 nació la Isla de Angelópolis en donde ahora se congrega toda la vida nocturna de Puebla y la zona metropolitana.
En mis casi cuatro décadas viviendo en la Angelópolis jamás vi hechos tan violentos, sanguinarios y con todo el sello del Crimen Organizado como los que han pasado en los últimos cinco años en Puebla.
Desde hace un par de años (creo que ningún poblano me dejará mentir), no existe alguien que se sienta cómodo comiendo o echando un trago en los restaurantes de lujo de la zona de Angelópolis.
El ambiente es cada vez más pesado y tenso con personas de dudosa procedencia y facha que ensalza a la narcocultura.
Dejaron de existir los bares con música en vivo como El Tiradero, El Oldies o Barezzito para ahora tener antros en los que grupos cantan narcorridos, corridos tumbados o canciones que vanaglorian a narcotraficantes como El Chapo, El Mayo o El Azul.
Antes todos nos conocíamos. Ahora son más las personas que no se conocen entre ella.
En Puebla dejamos de ser una ciudad tranquila en la que todos tenían una referencia familiar de alguien para pasar a un lugar en la que ya es mejor “no preguntar” quién es tu vecino, los papás de los compañeros de tus hijos o el “nuevo empresario”.
En otras entregas de esta misma columna he expresado mi opinión sobre el momento en el que Puebla perdió la batalla contra la inseguridad y la irrupción de narco en la Angelópolis y sus municipios aledaños.
Desde hace un lustro –o más–, Puebla dejó de ser un refugio para las familias de las grandes cabezas de los principales cárteles de droga del país.
No, Puebla ya es una plaza que arde por la disputa del CO.
Levantados, ejecuciones, regaderos de cadáveres, fosas clandestinas, balaceras y demás prácticas del hampa ya forman parte de la cotidianeidad de todos los poblanos.
Lo que pasó en la madrugada del sábado en el antro Sala de Despecho ya no es un hecho aislado, sino, más bien, una constante en la zona, que se supone en la más exclusiva y segura de Puebla.
Angelópolis ha sido testigo ya de tres ejecuciones (Sala Despecho, en 2026; Barra Negra, 2023; y Mochomos, en 2024), además de múltiples hechos violentos como los escándalos de los alumnos de la Anáhuac o el del antro Mallet.
Para nadie es un secreto que en los muchos bares y discotecas que operan en la zona se venden todo tipo de drogas y se les permite el acceso a menores de edad.
La zona debería de ser un foco rojo para las autoridades. Y, sin embargo.
Plantear soluciones en este espacio sería ocioso. Eso le corresponderá a los gobernantes.
Nuestra Puebla, es que disfrutamos durante años, tranquila, segura y en paz, ya solo es un recuerdo.
El recuerdo de la Puebla que ya no volverá a ser.