Después de Rimet
Por: María Reyes / @maria_FerGR
Pasaron un montón de cosas el anterior fin de semana. Algunas se acabaron definitivamente; otras, como la victoria del Valencia, ganaron un lugarcito en la historia. Al final, Carlos Soler alcanzó un récord de la estatura de Alfredo Di Stefan. Algunas cosas más están tomando curso, como el acomodo final del Guardianes 2020, en el que clasificaron de inmediato León, Pumas, América y Cruz Azul. Claro que, tras las modificaciones y cositas que se ajustaron en el formato de competencia, hoy tenemos que hablar de los que tienen oportunidades vía repechaje (que, además, se ha vuelto una de mis palabras sonoramente favoritas en el mundo).
En lugar de incluir a los primeros ocho lugares, como estábamos acostumbrados, el repechaje les da oportunidades a las posiciones un tanto más desfavorecidas en la tabla: los lugares del quinto al doceavo. ¿Quién es el afortunado último? Puebla F.C., que tiene la esperanzas del Estado puestas es un último duelo para seguir adelante.
Las críticas iniciales sobre la dinámica injusta e innecesaria del sistema son muchas veces contestadas desde el argumento verdadero y místico de que nada es imposible; de hecho, lo que no depende de la técnica futbolística pura depende de la suerte, del estado de ánimo del otro equipo y de las vibras bienintencionadas de la afición. Algo que sí me consta es que la afición poblana desea esto más que cualquier otra cosa; estamos frente a una era nueva para el equipo. Primero, se consolidaron de una forma más o menos funcional ante la pérdida de ciertos (muchos) jugadores y la consecuente desmoralización; luego, su desempeño los mantuvo más o menos estable a lo largo del Guardianes. Ahora, tras unos cinco años de congeladora, vuelven a estar en una posición alentadora, con un pie adentro de la Liguilla.
He ido al estadio, he visto a la porra, esos seres extraños que siempre se sientan en una sección a mi derecha y que viven de los tambores, las vuvuzelas y los cánticos y gritos. He visto cómo las personas junto a mí se levantan instintivamente cuando la pelota cruza y anota un gol local. También he vivido un momento de soledad cuando todos los aficionados se dan cuenta de que el partido está perdido y empiezan a irse antes de que termine el juego. Y no se siente tristeza ni rencor ni odio; simplemente se siente vacío. Dejar al estadio solo, saber que los jugadores están abajo y aún así, como les sucede a los bailarines o actores de teatro que conocen perfectamente las gradas, se percatan de la diáspora de su afición. Escuchan los pasos y los murmullos. Y saben que ahí quedó. Eso es vacío y desesperanza. La tristeza de hace un huequito en el corazón y te dan ganas de llorar. El vacío te deja inmóvil, insensible. No entiendes qué pasa, pero cuando lo entiendes no te quedan ganas ni de volver a pisar esa cancha.
He tenido, por fortuna o mucha insistencia y persuasión, al menos una temporada larga de viernes de partidos. De mis cosas favoritas es observar a las personas que asisten: quiénes van por el fut, quiénes van para toparse a tipo con el que pueden hacer negocios, quiénes van por la fiesta, por tradición familiar, por enseñarle algo a sus hijos, por compartir con la novia, por comer cemitas al final… y me ha tocado ver cómo, tras un partido después de una enorme pérdida, al viernes siguiente hay menos gente. Gritan menos, se emocionan con dificultad. Encuentran otras cosas, tal vez visten la playera, pero la esperanza no siempre reina. Me habría encantado escribir algunas de estas columnas cuando iba al estadio; habrían sido más descriptivas, le habría puesto atención a otro tipo de detalles. Pero no se me olvida quiénes sí van a ver el juego y quiénes no; qué tipo de personas dejan primero las gradas tras una decepción y a quiénes no les importa.
Y ahí sitúo la importancia de la clasificación, aunque sea un paso mínimo hacia el repechaje. La última vez que el Puebla estuvo ahí, venía de una racha de ocho victorias y tres empates. Sabían lo que era vencer a algunos de los que ahora están en Liguilla, como el América y el Cruz Azul. Si no mal recuerdo, Matías Alustiza y Campestrini estaban en ese equipo y alguna historia perversa tuvieron. También en ese entonces, el proyecto del Puebla FC también venía de un período de inestabilidad cuando llegaron Marini y su equipo técnico. Incluso cuando los descalificaron, no perdieron tan mal. Creo que fue un 3-2.
Hoy, ante una circunstancia parecida, no sé. ¿Qué cosa rara es este Puebla que de repente tiene sus deslices pero de repente nos gusta un poco más? No han tenido una racha sorprendente, pero tienen una estadística de 22 goles en 17 partidos. De los jugadores clave, yo diría que hay un par que dejan algo que desear y la línea de defensa tiene fallas; al menos eso apreciamos en el partido contra San Luis. Al menos, me consuela pensar que ya no estoy frente a una situación como esas de vacíos en el estadio. Hemos visto versatilidad tanto ofensiva como defensiva; que falta consolidarse, claro. Que debe todavía aprovechar sus ímpetus y hacerlos constante, también. Los últimos dos partidos, el Puebla se encargó de hacer valer sus victorias y aprovechar las oportunidades, algo que yo veo como la definición básica de “todo puede pasar”.
