Después de Rimet
Por: María Reyes / @maria_FerGR
Zinedine Zidane a las 10 de la noche, porque nos ajustamos a todo. Cuando habla francés, se relaja mucho más y sonríe ladeado. Confiesa que le gusta el formato de la Champions, que hay que buscar el momento en el que se decide todo. Sentado frente a este montaje pandémico en el que se han convertido las ruedas de prensa, no parece que haya dejado de ser futbolista; de hecho, se aprende mucho más de él cuando gesticula que cuando habla. Está diciendo que salimos con fuerza, que tenemos cualidades… Pero luego alza las cejas y está impactado de las veces que pueden repetirle la misma pregunta en un lapso de quince minutos. Mira fijamente a la cámara y yo recuerdo esa pregunta que alguna vez lanzó Simon Critchley, el filósofo. ¿Es Zidane una marioneta o un dios?
Lleva una versión manga larga del home jersey que sus jugadores usan en el Di Stefano. ¿Los uniformes del Madrid han sido blancos desde siempre, Míster? No ha habido temporada, desde 1926, en que la primera equipación no sea blanca. A veces hay matices, coloraciones blanquecinas, pero siempre es blanco. Deslumbra. Zidane hace una mueca y reflexiona. Es difícil mantener la claridad. Todo es un tema de luces; hay que comprobar cómo deslumbran los reflectores del estadio a las diez de la noche; hay que sentir la disputa del balón en la oscuridad, a mitad de semana. La obsesión reciente del Madrid por las mitades.
Al fútbol lo rigen dos cosas: Ser y Tiempo. Contra el Eibar, la primera mitad es un impulso Kroos-Ramos-Marcelo. La tríada de cualidades para empezar fuerte y resolver cuanto antes. Pero, ¿quién quiere matar un partido rápidamente? La segunda mitad se temporiza. El gol de Pedro Bigas y 5 cambios se convierten en presiones constantes donde cada minuto se pierde. Tres sombras recurrentes han resultado de ese primer encuentro: Bale, Hazard y James. Todos están como siempre, han vuelto como todos.
Vi el partido contra el Valencia como quien lee teatro griego, esperando la condena de la mitad malograda. En situaciones extraordinarias, uno va siguiendo la coreografía del ímpetu hasta darse cuenta de que, quiera el espectador o no, todo nos conduce a la salida del estadio.
Y Zidane es un héroe trágico con experiencia de sobra. Aún desde los límites del área de juego, se mantuvo imponente en aquel custom made índigo y vio a sus jugadores difuminarse hacia un segundo tiempo de retrocesos y complicaciones. Ejerce su poder desde su lugar de entrenador, pero no ha olvidado estar en el filo del ímpetu (cualquier sensación de velocidad, fuerza o inteligencia), que puede convertirse rápidamente en perdición. El encuentro no estuvo nada mal.
Al Real Madrid lo guía el destino. Adidas diseña sus uniformes pensando sólo en la dinámica que quiere para el Real Madrid en la cancha, y ahí empieza todo. Sustituyeron los detalles azul cobalto por negros y ahora por dorados porque representaba el triunfo para esta temporada.
Todo es significativo. Me desencaja ver a Courtois como guardián del color Silver Glory, como si fuera un mantra para recordar que no quieren estar en los segundos lugares. Pero los uniformes siempre han tenido una inspiración militar romana que no esperé que Zidane vivificara al usar el color más importante para los altos mandos de las legiones romanas.
Tampoco sé si los guantes y los tacos rosas de algunos jugadores fueran un guiño a las equipaciones 20/21 o un complemento de ciertas tonalidades rojizas (Madird, Madrid, Madrid, la soberbia) que también daban estatus a los generales del Imperio, pero lo cierto es que estos últimos partidos del Madrid tuvieron la fortuna de ser de esos en los que pasa algo. Así lo han querido los jugadores, los aficionados, los altoparlantes en el estadio, y Zidane. Hay que aceptarlo, la mayoría del tiempo, los partidos se reducen a un dominio discreto, empates silenciosos y goles perdidos.
Estamos felizmente condenados a vivir en una eterna repetición diaria de 90 minutos, cada uno esperando un momento, uno. Suceda o no, volvemos a reincidir en otros 90 minutos. Creo que fue Umberto Eco el que dijo que el signo del fútbol se basa en la agonía. Y así llevo veintiséis años y otros llevan más.
Hay que buscar el momento en el que se decide todo, dice Zidane antes de saber que vencerá al Valencia en una condenada segunda mitad. Uno no recuerda los partidos, también ha dicho. Seguramente cualquier futbolista de calle podría decir lo mismo.
Nadie recuerda las veces que corre debajo de la media, pero sí cuando recibe un pase, se gira y la portería está libre, cuando siente un tirón de la camiseta, un empujón y no importa, el olor del pasto mojado o la lluvia que viene, el calor del defensa que está marcando, la portería tan cerca y el grito de tu porrista personal anticipando una roja.
La agonía de un partido son las cosas que no fueron, como burlar a Courtois para dar contra el poste, un pasa sin receptor o un fuera de lugar, que existe pero no. El éxtasis en la cancha es vivir una distorsión de la longitud temporal de pocas imágenes ya bien cerca de la portería. Los reflejos de tu portero oponente, Zidane frunciendo el seño, un toque de Marco Asensio que se cuela a la red, Zidane asiente, dice que sí, se mueve el tiempo, Asensio otra vez, atrás con Benzema, un toque, rebota, disparo. Y Zidane, el dios supeditado al destino, no lo puede creer. Sólo mira. Escucha los festejos de su afición pregrabados y se abandona al flujo del tiempo.
Personalmente, no me quejo de una segunda mitad donde se le da la vuelta a una situación favorable, aunque venga del enemigo natural. Supongo que eso también es cosa del destino, una especie de verdad. Por ahora, me divierte la mueca de Zidane y el brillito de sus ojos que usa para decir “nadie espera que ofrezcamos la misma versión de un primer tiempo durante 4 partidos más”. Esa misma que me recuerda a los segundos antes de un cabezazo a media cancha. Veremos.
Resultado contra el Eibar: 3-1, favor Real Madrid
Resultado contra el Valencia: 3-0, favor Real Madrid
Lugar: Estadio Alfredo Di Stefano.
