Después de Rimet
Por: María Reyes / @maria_FerGR
Celebré mi cumpleaños número 26 con dos personas muy especiales, que me llevaron por un par de copas y una deliciosa charla. Medio-izquierdo-a-veces-delantero y A, dos hombres con los que me fascina pasar tiempo, siempre son garantía de que la noche será interesante; ya sea que nos quedemos horas platicando o nos busquemos una aventura desquiciada, siempre sé que no hay desperdicio. Esta vez, sentados en la terraza, empezamos a platicar de aquello que siempre va a surgir con ellos dos: el futbol.
Primero, hablamos un poco de mis secretos para escribir, que básicamente son mi capacidad imaginativa y de investigación. No sé nada de futbol; al menos, no cómo lo saben muchos que lo juegan, lo ven y lo llevan en la sangre. Yo lo conozco de otras formas que, aunque lleguen a las mismas condiciones sobre tal o cual jugador, te llevan a pensar algunas cosas extra sobre la composición de un equipo y la esencia del juego. Y eso, aunque nada relevante, genera las condiciones para una conversación que disfrutas. Nuestro primer tema claro que tenía que ser lo mucho que ha cambiado el futbol tras la pandemia del coronavirus, y no desde la típica actitud de marketing deportivo (que es un tema que me encanta y hay que tocar en otro momento, definitivamente), sino desde el ritmo desenfrenado de la industria y cómo el stop de la pandemia nos obligó a parar.
Imagino que, si pudiéramos equiparar este fenómeno a otro que entendemos mucho más sería el de la moda. Tras la pandemia, la industria de la moda en general colapsó; los diseñadores tuvieron que detenerse para repensar sus colecciones, la creciente demanda, el impacto ambiental y el desgaste físico de los talleres que se dedicaban a confeccionar prendas que ven los aparadores poco tiempo antes del cambio de colección. Así, el futbol se detuvo ante una ritmo desenfrenado de patrocinios, campañas con jugadores y tremendo dinero. La inmediatez de las Ligas y las temporadas obligan a los DT´s a ofrecer proyectos de rendimiento más cortos, con el doble de desgaste para los jugadores y mayores posibilidades de fracaso, con los efectos que ya conocemos: envejecimiento de los cracks, falta de inversión en los reemplazos jóvenes, falta de prueba-error en la cancha y agotamiento de la cantera. Algo ideal sería que los clubes se preocuparan mucho más por cultivar a sus propios futbolistas en lugar de optar por transacciones millonarias y desaprovechamiento de la infraestructura. Tendríamos jugadores longevos, comprometidos y clubes productores en lugar de compradores.
Hoy me acordé un poco de esto tras la noticia del traspaso de James Rodríguez, que ahora jugará con el Everton. Para empezar, me quedo pensando un poco en esta idea de los proyectos deportivos cortos, donde tienes pocos partidos para obtener resultados verdaderamente ganadores. Entonces, sí o sí, te enfocas mucho más en exprimir a los miembros que te funcionen, en lugar de probar nuevas combinaciones y asegurarte de que tus jugadores estén dando lo mejor de sí. Algo así pienso que podría haber pasado con James; si no estuviéramos tan presionados en ganar todo el tiempo, tal vez habría tenido más minutos de juego en la última temporada con el Real Madrid. ¿Podemos realmente culpar a un DT que tiene que dar resultados siguiendo una lógica mercantilista?
James, en algún momento, era el estandarte el 10 moderno, con habilidades impresionantes que condensan la capacidad de atacar durísimo o relajar el paso, dependiendo del equipo. Aún en un partido mediocre para James, usualmente producirá al menos una jugada digna. Tras haber pasado por el Bayern sin ninguna oferta de compra y con sólo 5 juegos en la última temporada del Real Madrid, no podemos sino preocuparnos por James. Ancelotti, que lo conoce bien, está apostando todo por un jugador que no ha tenido el rendimiento esperado tras el Mundial 2014. James, por su parte, no está ya en una edad cómoda para un futbolista. Digamos que no le quedan por delante muchos proyectos tan largos. Estamos ante uno de los riesgos más grandes que produce esta lógica del mercado. Independientemente de lo que es hoy el futbol, no dejo de pensarlo más bien como lo que debería ser: un lugar de potencialidades y sueños, no de dinero invertido y perdido con relación al tiempo. Tal vez esa es una de las grandes lecciones para esta industria, porque siempre habrá personas apostando por la adaptabilidad de un jugador y sus capacidades, aunque sea un riesgo: “puedo rescatar al jugador, hacerlo brillar otra vez”. Si realmente vemos al James Rodríguez (o a cualquier buen jugador en más o menos la misma posición) del mundo de las posibilidades, hay que emocionarse del futuro próximo.
¿Optar por un jugador que, aunque bueno, podría nunca desbloquear un rendimiento igual al de su juventud? ¿Cómo DT, puedes confiar en las jugadas que has visto antes y no en la realidad, lo que ves hoy? Y como jugador, ¿tienes que aceptar que tu carrera no volverá a despuntar o todavía te puedes dar el lujo de soñar con otros proyectos? ¿Alguien podría culparlo de eso?
