Después de Rimet
Por: María Reyes / @maria_FerGR
El futbol es así, te ayuda a hablar de lo que, de otro modo, sería doloroso decir. El fin de una era. Usualmente pensamos en esta frase como algo nostálgico, negativo o triste. Se termina una época de muchas cosas, mucha suerte, muchos éxitos o, al menos, una época en la que pasaron cosas irrepetibles… cosas que pasamos la vida entera buscando otra vez. La gran paradoja del círculo viciosos, el bote contra la corriente de Gatsby. En el futbol mexicano, eso es la liguilla. Al menos eso creo. Es la búsqueda constante de los campeonatos que muchos equipos pierden (muchos más no han vivido nunca) y que suele eludirlos.
Cruz Azul es el ejemplo por excelencia, que ven truncados sus esfuerzos constantemente y están a la espera de un equipo sólido y tenaz. Creo que van lográndolo. Pero hoy nos toca hablar del Guadalajara y el Puebla, dos equipos cercanos a mi y, realmente, los únicos por los que tengo interés en estas fechas repechaje. Chivas ayer llegó a ese momento cúspide donde la época dorada, entrar a la liguilla, es una realidad nuevamente. Independientemente del resultado de los próximos partidos, habremos vuelto a la liguilla después de una racha espantosa desde 2017. Cada pérdida está escrita en sangre, se imprime en el ADN de un club y se transmite a través de cada temporada; nadie quiere que la identidad de un club esté forjada en sus rachas desérticas. Así, la consecuencia lógica de volver al ruedo sólo puede estar acompañada de un compromiso histérico a no jugar como lo hicieron anoche.
Después de un rondín de directores técnicos que no lograron reparar el daño estructural en el equipo, finalmente podemos hablar de una recuperación lenta y quirúrgica que nos a regresado la ilusión de poder llegar a merecer el título del mejor equipo mexicano por excelencia. Antes del gol, hubieron oportunidades y desperdicios. Una jugada que parecía tener éxito de repente se interrumpía por un tiro largo que –oh dios– no representaba amenaza alguna para nadie. Yo pienso que la paciencia es una virtud que Chivas estaba ejerciendo muy bien como para acelerarse. A veces esas largas parecen desesperación y hacen poco por demostrar calidad y madurez y, aunque no puedo quejarme porque he visto un equipo más comprometido que el de hace algunos años, no quisiera que no fuera suficiente para competir.
No hay que dejar de lado la crítica y el autoengaño es dulce pero improductivo. Chivas no ha tenido buen rendimiento ante cualquiera de los rivales que podría enfrentar. Han sido equipos que no se han desgastado en esos juegos, que no tienen problema en acomodarse al juego de Chivas y que tampoco están consternados por la depuración de los rojiblancos. En realidad, estar en la liguilla es más una combinación de esfuerzo y suerte, no tanto un síntoma de grandeza. Entonces ayer me fui a dormir con la satisfacción de decir “liguilla, al fin” y añadir “ojalá”.
Por otro lado, está el Puebla. Mientras escribo esta columna, estoy esperando ese juego contra Monterrey con ilusión y miedo. Y quizá un poco de fe, porque me gustaría estar viviendo ese regreso de la ilusión para el equipo. Algo habremos escuchado sobre el club más caro de la Liga MX, que Monterrey tiene un plantel que supera los 81 MDD, que ha sido campeón de todo, que es más consistente e incluso más confiado. Podríamos hacer un análisis económico de esta temporada y determinar si es cierto aquello de que el dinero compra todo. ¿Un jugador más caro implica que es mejor, al menos en cuanto a rendimiento? ¿O por el contrario, ser más caro no te quita la pasión? Pero no vamos a entrar en temas económicos por ahora, porque el factor del sueño es grande. Puebla tiene el sueño de volver a ser relevante, para variar. Después de tanto. Y realmente lo merece, dado el progreso que ha hecho en este año. Un poco como Chivas, lento, quirúrgico, pero podría ser eficiente a la larga.
¿Justicia o error, aquello del repechaje? Al final, se supone que es justo para que los equipos del final de la tabla tengan una segunda oportunidad, por eso de que los sueños se disputan momentáneamente. Es decir, son 90 minutos en los que el terreno se iguala. Por otro lado, son 90 minutos en los que el número 12 juega contra el número 5; algo no muy alentador estadísticamente. Pero en la vida cualquiera gana y cualquiera pierde en 90 minutos. Puedes ser el jugador más fantástico en un partido y tener un mal día. Y eso cambia todo.
Lo bello de las épocas doradas es que tienen que pasar para que recuerdes y aprecies lo que fueron. Perder no sería del todo malo; llegaron más adelante que antes, hicieron más que antes. Pero ganar implicaría dar lo mismo, el compromiso a ser suficientes durante la liguilla. Y si están dispuestos a hacer eso contra los equipos de la liguilla, pueden darlo en el partido de hoy.
