Después de Rimet
Por: María Reyes / @maria_FerGR
Hace unos días, empezó a crecer en mi cabeza una plantita, una especie vegetal extraña que se alimenta de mi insomnio. Esta plantita literaria era una teoría cuando escribí la columna pasada, algo que todavía no comprendía; una serie de marcadores textuales que me hacían pensar que era posible que, en la vida real, así como en los libros más complejos, existieran planos temporales simultáneos. Una superposición de pasado, presente y futuro que no podemos disociar, porque entonces nuestra acción carecería de todo sentido. En palabras sencillas: en un mismo partido pueden convivir jugadas o golpes pasados; es decir, la narración de un enfrentamiento y, por ende, la historia colectiva de un club, de una liga o de una época.
Creí entender que el fútbol es un hilo para hablar de cualquier otra experiencia humana, y como tal, no era imposible pensarlo como espacio diegético. Un espacio diegético es, para los que no están familiarizados con narratología, el universo que está dentro de la narración, en el que (se) habitan los personajes y donde ocurren las situaciones. Este espacio no representa necesariamente la realidad, sino que crea sus propias reglas, por lo que se considera un mundo ficcional. Ahora que lo escribo, no estoy segura de quién es el creador de ese mundo; ni siquiera sé si el fútbol es realidad o ficción. Quizá la humanidad lo haya creado para contar o rememorar algo que hemos olvidado, algo que vive únicamente como sentimiento o impulso. Por el contrario, quizá lo único verdaderamente cierto sea el fútbol, y haya creado a la realidad como una ficción.
Lo que sí tengo claro es que, tras una inmersión en noventa y tantos minutos, la realidad se altera para siempre. Tras una serie de causalidades directas que sólo pueden ocurrir en esa llanura verde, el Liverpool, por ejemplo, sale campeón de la Premier League por primera vez y se convierte en el equipo más feliz del mundo. Y ese era el tema de mi jueves en la tarde, una conversación deliciosa como pocas. Hablamos del fútbol defensivo y la virtud manipulativa y heroica del último hombre, hablamos de táctica y posiciones, salió a cuentas la final de la Champions Liverpool-Milán en 2005 y de un Atlético de Madrid campeón de la Liga Europa gracias a que Simeone los fortaleció con el catenaccio italiano.
Al día siguiente, aproveché para discutir con mi medio-izquierdo-a-veces-delantero favorito, a quien considero la autoridad máxima en el fútbol, más allá de la directiva de la FIFA. Lo siento, pero, como con los equipos, no hay nada racional al momento de escoger a tu jugador favorito. Ya sabiendo la respuesta, me acerqué con inocencia para desvelar el ángulo opuesto ala conversación de la noche anterior. Él se sonrío y me dijo que prefería la ofensiva, quizá por la adrenalina de cada ataque, el nivel físico y técnico de quien filtra y remata, o la admiración a la capacidad de su admirado Rafa Márquez para iniciar una brutal jugada de ataque. Más allá de eso, me dijo, el fútbol es belicoso. Se trata de controlar un espacio. Definitivamente hay personalidades para cada posición, para cada sistema de juego. Y entones ocurrió que desviamos la conversación a otras cosas, otros partidos y equipos, a nuestra rivalidad Madrid-Barca, al maniqueísmo de Pep Guardiola (a quien sigo extrañando aunque fracasó con el Manchester City) y a un montón de cosa más.
Como suele pasar cuando las personas divagan, terminamos viendo una compilación de asistencias que nadie esperaba de José María Gutiérrez Hernández, a quien yo casi no recordaba haber visto jugar. Seguramente terminamos ahí porque hablamos de -mi amor- Kaká, la mejor alineación del Madrid, los mejores goles de la historia o el concepto de fuera de juego. No lo recuerdo con precisión, pero siempre terminamos viendo videos porque pregunto cosas demasiado inocentes, no tanto porque no entienda qué son, sino porque me gusta escuchar lo que los jugadores asiduos, retirados o fanáticos de sillón construyen en torno a un concepto. Por ejemplo, el fuera de juego. ¿Es o no es? ¿Está o no está? Se lo pregunta un árbitro al VAR, un jugador a su contraparte, el DT que ronda como león enjaulado en esa área delimitada con pintura blanca, y nos lo preguntamos nosotros en discusiones infructíferas. No está. Sí es. Es Benzema justito en el límite metafísico de un fuera de lugar. ¿Está o no está?
Aquí es cuando el fútbol me parece más social y más ficticio (en el buen sentido) que nunca. Su naturaleza es establecer patrones de asociaciones. Por eso, la construcción de significados proviene de la experiencia colectiva de cada partido, por más definidos que puedan encontrarse en el reglamento. Un “fuera de juego” significa una experiencia comunal, estar y no estar, un volado, lo indefinible. Una palabra tan simple como “asistencia”, se vuelve histórica nada más porque un hombre se tambalea con el esférico entre los pies como nadie lo había hecho desde hace diez años; otro señala que la jugada es válida; y otro, que aparentemente estaba bien pendiente del partido, tuitea una foto de hace una década.
La vida te persigue, como a Benzema, que seguramente se acordó de la magia sutil que hacía Guti, sin la cual no hubiera marcado en la Coruña; como a Zidane, que seguramente sintió la sonrisa enorme con la que resucitó un partido contra el Sevilla; como a nosotros, una chica y un chico que, a medio gol, tuvieron que escribirse atónitos que invocaron aquella jugada un par de días antes, cuando sólo querían recordar de algo llamado “el taconazo de Dios.” Hoy no quiero hablar de otra cosa que no sea de ti.
