Después de Rimet
Por: María Reyes / @maria_FerGR
La verdad en toda actividad periodística. La verdad en los tweets, en los seguimientos, en las notas rojas, en los reportajes de feminicidios, en las campañas electorales, en los partidos de futbol.
Hace un rato escuché esa frase en boca de un periodista colombiano que, al referirse a la crisis del coronavirus y otras situaciones recientes, hacía hincapié en las necesidades de adaptabilidad que ha sufrido el periodismo. Pero siempre regresaba al principio de la verdad como Norte del quehacer investigativo. Independientemente de mi preferencia por cierto tipo de periodismo narrativo y licencioso, donde la verdad no falta pero tampoco es un rector de hábitos escriturales, me pregunto cómo sería eso en cuestión de futbol.
Ejemplo. Si yo quisiera narrar un partido desde alguna columna, uno específico, ¿tendría que contarles el sabor de mi domingo futbolero con medio-izquierdo-a-veces-delantero o se conformarían con una descripción sin interés de la alineación de la Real Sociedad, que el Madrid salió con la tercera equipación gris y que empataron cero-cero. Pero entonces no podría contar que es la primera vez que veo jugar a la Real Sociedad, que el Real Madrid ha tenido la desgracia de que sus terceras equipaciones sean más bonitas que el home jersey, y que el nivel de juego fue superado por el la partita di tennis que se disputaba simultáneamente en el Internazionali D’Italia.
Si contara todo eso, ¿sería mentira, dramatización o narración innecesaria? ¿Sería subjetivismo? Posiblemente. Pero es un absurdo, a estas alturas, partir de la idea de que se puede transmitir la verdad sin que esté mediada por el contexto del observador. Si no hubiera tenido al menos dos opciones de actividades placenteras a la mano, tal vez el partido no me habría parecido tan plano y no le habría puesto más atención al tenis.
Si supiera cosas interesantes de la alineación de la Real Sociedad, tal vez no sería un recuento frívolo (de hecho, brincó el nombre Marvin en algún punto de la narración y ahora se volvió una intriga descubrir quién es y de dónde vino). Si mi domingo hubiera sido de trabajo en lugar del amasijo coqueto de pizza, almohadas y futbol que fue, probablemente esta columna no existiría, o les estaría contando del dolor en mi pecho tras el Clásico del sábado. Y mi subjetividad no habría impedido que el resultado fuera cero-cero.
Por tanto, llego a la conclusión de que las estadísticas, tácticas y números no siempre son la verdad que nos interesa escuchar. En Latinoamérica, sobretodo, creo que hay una tendencia generalizada a disfrutar el triple de los partidos simplemente por los comentaristas. Es diez mil veces preferible un mexicano iracundo que un inglés propio; nos reímos muchísimo más, nos angustiamos innecesariamente, nos contagian ese furor de la verborrea con sentido que hay que seguir al segundo, porque ese puede ser el único contexto donde el oyente no busca necesariamente anticiparse a lo que le van a decir, sino que fluctúan palabras, emisor y audiencia en el mismo flujo temporal.
Entonces, ni siquiera el lenguaje es verdad. Es tan inmediato que no alcanza a aprehender la totalidad de lo que sucede en el campo. Es una ocasión insólita en la que el lenguaje es insuficiente para comprender el mundo y muchas veces encontramos a nuestros propios comentaristas diciendo “a ver, a ver…” creo que dije A. pero era B. Grité mano pero no era. No es fuera de lugar pero el árbitro termina teniendo razón.
El periodismo de la absoluta verdad viene después, cuando alguien como yo tiene que reportar que la Real Sociedad hizo un cambio, que el ataque fue poste, que córner para los de Zidane en el minuto tal. Pero eso ya está desprovisto de todo sentimiento y es un mero recuento, un tanto seco, que tampoco te está contando toda la verdad.
No te cuenta, por ejemplo, cuando Zidane se encorva y hace señas de incredulidad cuando no pitan falta, ni te dicen la velocidad a la que Sergio Ramos propulsó un balón (porque seguramente nadie la sabrá pero escuchamos ese golpe seco que retumbó en el poste), ni te enteras de quién sudó más la camiseta, qué técnico dijo groserías, qué idioma murmuran entre los capitanes, si al árbitro le duelen las piernas o si el pasto estaba resbaloso. Y esos detalles, que tal vez la subjetividad de alguien pueda captar, también son verdad. Y una bien válida.
Entonces, más que una respuesta, tengo una duda: ¿cómo se escribe la verdad del futbol?
