Después de Rimet
Por: María Reyes / @maria_FerGR
Don Héctor se retiró más o menos joven de la vida laboral para enfocarse en el cacicazgo de su patio interior. Todas las tardes, a partir de las 5 o 6, le tocan un grupo de señores para la desafío dario de dominó. Cuando yo lo conocí, tenía una colección amplísima de juegos de dominó que le regalaban amigos y parientes, o que él mismo compraba en los rincones que frecuentaba, y también una cajita llena de piezas perdidas. Últimamente, cada que uno de sus seis hijos lo visita y hacen limpieza anual de la casa familiar, se extravían un par de juegos, pero al año que entra ya se ha subsanado la pérdida.
Y así, cada tarde, desde hace más de cincuenta años, uno a uno aparecen vecinos, compadres o desconocidos cargando bebidas por si la audiencia se agranda. Ese dominó de barrio se convirtió en el improvisado casino Los Tahúres (marca no registrada), que diario recoge anécdotas de juventud. Sin importar qué, cada tarde ocurre lo mismo, y Don Héctor y sus amigos parecen congelados en la hora dorada, jugando dominó y escuchando a Daniel Santos. Cuando la suegra de Don Héctor vivía, se suspendía ocasionalmente la música para poner una transmisión de las noches de box. Y es que, aunque la viejilla era pequeña y silenciosa, era mordaz y se desquitaba su frustración a través de los golpes que narraban en la radio.
Yo aprendí a jugar dominó en ese “casino” y fui recibida como una pequeña intrusa en el clan de veteranos. Imagino que les divertía la idea de que una mujer se sentara en su mesa y quisiera aprender de los grandes. Incluso me dejaron apostar y sospecho que también me dejaron ganar. Gané algunas partidas con asesoría de Don Héctor y recibí las mejores lecciones de vida. Por ejemplo, que una mano mejora sustancialmente si robas del juego en lugar del banco, que robar el dinero de las apuestas es posible si sabes crear cortinas de humo, que si cantar bajito ayuda a confundir la cuenta de quien esté en turno y que es fácil confundir a tus oponentes si sonríes de más.
Después entendí lo que a ellos les divertía era burlar a sus contrincantes, ser el más astuto y ver cuántas veces y cómo podían golpear sin ser descubiertos. Algo que me gusta pensar que aprendieron de las narraciones de box de la suegra. Cada que alguien hacía trampa, el juego se volvía más intenso, letal. En esa mesa de casino nació una fusión entre juego y ritmo que usualmente sentimos pero no concientizamos. Yo, por ejemplo, no juego dominó contando, sino con ritmo. Sobretodo escuchando el ritmo de los que están sentados en la mesa conmigo: cómo suenan sus fichas, sus resoplidos o sus dedos en la mesa. Y eso mismo pasa con deportes como el tenis, el básquetbol o el futbol.
De hecho, empezaría con el ritmo de la hinchada, ese que te mantiene en silencio quince minutos solo para despertar cuando algo en la cancha se acelera. Ahora que los estadios están vacíos, el ritmo se percibe en esa persona que está junto a ti, de repente bosteza y se recarga en el respaldo de la silla, pero al poco rato se remueve, se acerca a la pantalla y te deja escuchar su respiración agitada mientras murmura “qué cambio”. Esa frase se quedó conmigo a través de los partidos del domingo, especialmente el del Liverpool-Everton, principalmente porque tenía mucho sin ver un encuentro de la Premier League. No me pude quitar de la cabeza la intensidad de ese partido comparado, por ejemplo, con el del Barcelona-Sevilla. De hecho, me sorprendí por lo poco que respiré durante la transmisión. Y eso me lleva al ritmo de los jugadores y del partido en general y eso es algo que puedo entender desde una perspectiva dancística.
El ritmo de un jugador está determinado por su habilidad de cambiar el tempo, de utilizar su energía en jugadas determinantes sin desperdiciar pasos y cambiar dirección y velocidad de formas insospechadas, incluso dentro del ritmo del propio partido. Quizá el ejemplo más fresco que tengo es Messi, cada que recibe, finta con cambios de peso y acelera una jugada. Ahora mismo me pregunto si esa fusión entre juego y música explica por qué los brasileños suelen ser jugadores extraordinarios. La discrepancia rítmica entre jugadores pareciera ser la que marca el tono del partido. Si hay más jugadores con la capacidad de acelerar o disminuir la intensidad de sus movimientos, efectuando sólo los necesarios, el partido se convierte en una composición más compleja, con menos respiros o silencios. A su vez, un equipo que tenga mejor ritmo obliga a su contrincante a moverse en ciertas direcciones, terrenos o velocidades que no controlan, o disminuyen la efectividad de su juego. Eso ocurrió con el Liverpool-Everton, que inspiró una suite de 10-9 disparos, respectivamente, apretadísima, en la que parecía que ningún jugador tenía pasos en falto, que si cualquiera apretaba, habría gol. Algunos han dicho que es un partido sin ritmo; a mí me parece lo contrario, hubo paridad rítmica que causó empate. Si pusiéramos más atención en esos detalles, imagino que descubriríamos que cada Liga tiene su ritmo, radicalmente diferente a las demás.
Empecé esta columna pensando en la moda, en que casi nadie escribe sobre lo que significan los uniformes de los equipos en un contexto de moda global; sin embargo, conforme me acomodo en el tema, me encanta la idea de escribir sobre un montón de cosas que tienen que ver con deportes sin que lo sepamos, cosas como el destino, el ritmo, la tristeza o la estupidez. No me interesa hacer crónicas de los partidos, sino contar historias. Me encantaría decir que el nombre “Después de Rimet” me gustó para hablar de la era después de un grande de la FIFA, pero no, o no del todo. Más bien, me encantó la magia de que, después de que un administrador de la talla de Jules Rimet impulsó la loquísima idea de una Copa del Mundo, la copa que llevaba su nombre fuera hurtada y hallada por un perrito. Eso es la vida, y eso es el fútbol (el deporte, en general). Historias así son las que lo hacen parte de la cotidianidad, y esas me parecen las más interesantes de contar. Por eso, ya que hablé un poco del movimiento de los jugadores, el ritmo y la musicalidad del partido, termino con esto:
El Liverpool enfrentó a un Everton feroz que le robó la oportunidad de asegurar el título en la Premier League. El partido se disputó en el Goodison Park, un páramo. Cuentan que sólo se escuchaban gritos ocasionales y la música de un saxofonista que vagaba fuera del estadio, repitiendo su versión de “Love Will Tear Us Apart.”
Nota: esta columna está dedicada a Don Héctor, mi abuelito, que se sigue sentando todos los días con sus amigos a jugar dominó y escuchar boleros. Escribiendo esto me doy cuenta de que jamás le he preguntado si practicó algún deporte, aunque sea por hobby. Pero me gusta pensar que, como cualquier mexicano, antes de convertirse en una panda de viejitos bebedores que juegan dominó, él y sus amigos alguna vez echaron una cascarita.
