Después de Rimet
Por: María Reyes / @maria_FerGR
Hay partidos que no quiero ni ver, sobretodo los que implican un descenso para el Barcelona. En esos días, realmente es preferible escuchar, y me refiero a verdaderamente escuchar cualquier comentario, indicio o reacción que sirva para amortiguar un poco el fervor madridista. Hoy es un día de esos, donde tengo que recurrir a estrategias para encontrarle la gracia a un partido que, por demás, me da un poco de tristeza; así, llegué a la transmisión de Be in Sports, que es una narración más sencilla donde realmente se aprecia la ausencia de la afición en el Di Stefano.
Ya tirándole al minuto 87, en medio de los sonidos orgánicos del balompié, los comentaristas se decantaron hacia una resolución que me parece una máxima del juego (y de la vida): el jugador más importante del partido no es el que corre más, sino el que se echa de menos los 90 minutos; el que, con su ausencia, te obliga a cambiar todo tu sistema de juego (de pensamiento, de conducta). Claramente, aquellos comentarios se referían al sistema de juego de Zizou, que depende muchísimo de Casemiro, lamentablemente sancionado. Y digo lamentablemente sobretodo para los tobillos de la escuadra isleña, porque le adjudico a la ausencia del centrocampista el incremento de amonestaciones e infracciones cometidas por el Real Madrid. El caso es que sin ese jugador clave, el equipo merengue se vio obligado a probar y encontrar dinámicas funcionales en tres sistemas de juego diferentes. Lo vimos clarísimo en el segundo tiempo con las entradas de Kroos, Asensio, Isco, Brahim Díaz y Mariano Díaz, ya cuando tres de los titulares estaban entarjetados y otros más escondían el cansancio.
Independientemente del despliegue táctico que terminó por funcionar bien, aquella frase del “jugador más importante” sigue rondando en mi cabeza, y no puedo evitar pensar que la vida es circular y ese votado hombre del momento puede no ser un hombre, sino un predicamento, una complejidad que no está ni dentro ni fuera del campo. Conforme el partido se desarrolla, cada movimiento derivado de la espontaneidad establece un diálogo con ese vacío, esa presencia, y se liga mucho más a la experiencia sensorial. Con este planteamiento me refiero, simplemente, a que un partido no es aislado, sino que forma parte de una narrativa de lo que está, lo que no está y lo que ha estado. Es el presente y ruptura temporal al mismo tiempo; pareciera que el fútbol es un tejido de decenas de encuentros, configuraciones y rencillas históricas donde siempre se juega con un vacío a cuestas. ¿A quién estamos echando de menos mientras termina el encuentro entre el equipo que pelea por el título versus el equipo que pelea su relevancia en primera división?
En este partido, como lo han señalado todas las editoriales deportivas, confluye la falta de Casemiro con el primer gol de cabezazo tan bonito en 2003, donde Beckham se probó a sí mismo que había sido una decisión correcta comprometerse con el Real Madrid. Y con ese Beckham dialoga el solitario gol que regresó a los madridistas derrotados del Iberostar. En ese plano superpuesto del 2020 y 2003, también coexiste la emoción de una remontada hace 13 años, cuando José Antonio Reyes e Higuaín destruyeron el buen juego de la dupla Juan Arango-Fernando Varela. Imagino que cada que se enfrentan, el Mallorca carga a cuestas el dolor de la goliza de un 3 de abril del 66. Me atrevo a pensar que, para el Mallorca, este partido fue mucho más importante anímicamente que el perdido contra el Barcelona. Y así, cada encuentro tiene decenas de momentos que los jugadores o la afición se tatúan en el alma. Otro ejemplo: Zidane, que es una narrativa en sí mismo. El hombre se convierte en punto de fuga para transformarse continuamente de futbolista a DT.
Quizá sin darse cuenta, aquel comentarista argentino terminó de poner en palabras cómo se establece la identidad futbolística (o de cualquier deporte, en general) y cómo se crea un proceso dinámico de movimiento, intersección y renovación. Yo diría que no difiere mucho de la forma en la que se crea cualquier sistema cultural. Uno no es aficionado de un equipo solamente porque quiere regresar a sus raíces o recuperar un recuerdo. Más bien, nos gusta sentir que estamos a la mitad de la zona de entendimiento y acción compartida, y claro que lo estamos. Estamos ahí, reconociendo los ecos medio olvidados que construyen las historias de los equipos.
