Después de Rimet
Por: María Reyes / @maria_FerGR
La columna pasada, que parece que la escribí hace mucho, les contaba sobre mi velada cumpleañera. Entre el reggaetón y un trago, discutimos sobre muchas cosas, la mayoría relevantes. La palabra de la noche fue “repensar”. En una plática no se cambia al mundo; ni siquiera se lo entiende, pero es posible que encontremos nuevos caminos para empezar a buscar respuestas. De hecho, desde hace tiempo, una pregunta que guía mi vida ha sido: ¿cuál es la salida?
¿Cuál es la salida de este sistema? ¿De esta forma frenética de vivir? ¿Del círculo de violencia-dinero-violencia que nos persigue? Tal vez lo sea la pandemia: ese forzoso estate-quieto que nos ha llevado a pensar las cosas de diferente manera; hace unos días entré a un curso de migración, por ejemplo, y discutimos la política migratoria de Estados Unidos, que se beneficia de obra barata. ¿Ser mujer? ¿Y ser migrante? Esas preguntas que ahora tenemos tiempo de hacernos son importantes para transformar un poquito el mundo externo. Y, como todo, siempre hay que hacernos esas preguntas en todos los aspectos de la vida. Porque, claro, una cosa tan insignificante como el futbol es, en realidad, una maqueta de la vida.
Esto no lo hablamos esa noche, pero me quedé pensando muchísimo en el tema, al punto de que me parece inconcebible que hubiera un mundo donde eso pasara. Cuando los futbolistas no cobraban. Hace tantísimo, cuando recién se inventó el juego, no existía algo como la profesionalización de los futbolistas. Jugaban, no sé, los fines de semana. O tal vez una tarde a la semana. Quizá los jueves, como juegan ahorita algunos equipos todavía. Y la competencia era algo mucho más importante (y al mismo tiempo no) porque sólo probaba tu habilidad y que tu equipo era digno, reconocido, significaba algo. Tal vez era una conquista simbólica. Y tal vez las rivalidades eran de verdad; odiabas a alguien que te jugaba sucio, que se burlaba de tu equipo, que te humillaba.
Ahora, que un jugador puede cobrar millones, imagino que hay una ventaja enorme para las personas que adoran el deporte y quieren vivir de lo que más los hace felices. Un chico, un Leo Messi, puede jugar siempre; puede dormir, despertar y comer pensando en el futbol, sin preocuparse de trabajar extra para buscarse el sustento. Habrá algunos que ganan poco, seguramente, que no sueñan con los millones de Messi o Ronaldo. Pero ya no son obreros o jornaleros que se rompen la espalda para comprar botines para jugar el sábado.
Así que, la pregunta silenciosa es: ¿cuál es el futuro de un futbolista? Ser empresario, parece. Si no se invierte el dinero que se gana, al final de tu vida útil te encuentras con el cuerpo agotado y la sorpresa de que no has hecho más en tu vida que jugar futbol. Que, además, en la práctica, es una actividad poco rentable. ¿Pones restaurantes? ¿Compras propiedades? ¿Te vuelves empresario y desarrollas una marca, una línea de ropa deportiva, o algo parecido? Me pregunto si el sueño de todo futbolista es retirarse a la David Beckham, con un capital social impresionante, una esposa con una industria de moda e inaugurando el Inter Miami. Y seguir con el círculo del capitalismo porque necesitamos dinero para vivir como cuando vivíamos cuando éramos futbolistas y dejábamos que la industria del futbol nos alimentara.
¿Podemos culpar a esos hombres? Habrán otras opciones, además de ser DT o parte del cuerpo técnico? ¿Qué se yo? Después de retirada, una bailarina sigue bailando, gratis, con otros, para sí misma, da clases, pone su estudio y envejece. ¿Cuál es el futuro de un futbolista?
