Después de Rimet
Por: María Reyes / @maria_FerGR
Este fin de semana es especial. Hay pocos así y los planeo con mucha anticipación porque es raro un dos en uno. De hecho, el año pasado no existió una fecha tan coordinada. El sábado hay Clásico español, que me emociona y me preocupa porque tanto el Barça como el Madrid son pirotecnia impredecible; el domingo hay Clásico Personal, Chivas-Cruz Azul, que siempre apuesto con medio-izquierdo-a-veces-delantero y termino perdiendo. Todavía debo boneless y papas fritas del partido pasado. Pero cada que se encuentran apuesto, lo veo, lo sufro y me conduelo. Este año, las apuestas se elevan, porque somos contrarios en ambos partidos. El único fin de semana del año que nos odiamos a muerte.
Para mí, son dos Clásicos, aunque para el mundo el Chivas-Cruz Azul es un partido cualquiera, seguro hasta aburrido. Y es que hay pocos Clásicos en el mundo y no surgen por decreto, se hacen con la tensión histórica y unos cuantos incidentes futbolísticos. Y algo que me ha confrontado mucho estos días es que estamos muy lejos de la hstoria. Ayer, mientras hacía un breve recuento, me preguntaba si estos partidos tan emblemáticos siguen fieles a la tradición que los hizo o si también las rivalidades han sido aprovechadas por el marketing deportivo y nada más. Por ejemplo, decir que el Barcelona- Real Madrid es cuestión de ricos y pobres, es no saber ni entender nada, aunque pareciera que es la primera oposición que se nos viene a la cabeza. Más bien, esa comparación se me hace más del Liverpool-Manchester United, una rivalidad que sólo existe en tanto económica.
Algún día hablaremos del San Bernardo que salvó al Manchester United de la extinción, pero es el evento fundacional de un Club que no se puede entender sin saber su participación en la Revolución Industrial. Mientras el Manchester veía a su equipo crecer y buscaba empresarios para extender su productividad económica, el Liverpool se disputaba el nombre con su vecino Everton. Una vez consolidados ambos equipos dentro de lo que es la Premier League, el odio comenzó por algo tan simple como la importación. El algodón que venía de Estados Unidos pasaba por el puerto del Liverpool, quien comercializaba con Manchester mediante aranceles altísimos que subyugaban su producción. El odio cotidiano de los trabajadores y pobladores, que después se convirtieron en la hinchada, es una prueba más de que el mercado todo lo puede, todo lo divide. La respuesta a la pobreza extrema en la que los mantenían los aranceles del puerto llevó a buscar vías de salida: un puerto alternativo propiedad el Manchester que mermó la economía del Liverpool. Antes del primer Clásico, el Liverpool y el Manchester ya estaban en un sube-y-baja económico brutal.
Esa historia se ve hoy no sólo en la tabla de posiciones, sino en su valor en el mercado (donde el Man U. no sólo está opacado por el Liverpool sino por el City) y en su política económica anti-traspasos, anti compraventa de jugadores, anti-relaciones comerciales de ningún tipo. Los pocos jugadores que han portado ambas camisetas tuvieron que esperar un largo período de gracia. Aún así, dudo que la hinchada lo vea bien.
Pero el Clásico español es el resultado de una disputa política más que económica que tuvo la fuerza de desplazar el Clásico original: Real Madrid-Atlético de Bilbao. Conforme el Barcelona se fue consolidando futbolísticamente y el Real Madrid fusionó a un montón de equipos pequeños en una sociedad imponente, se vivieron algunos partidos de técnica que se llenaron de tensión paulatinamente.
Primero, cuando Alfonso XIII le regaló al Real Madrid el homenaje de la corona; después, cuando el Camp Nou abucheó por primera vez a la escuadra realista. En la época de Franco, cuando el equipo capitalino fue cooptado por el Estado y el Barcelona era símbolo de resistencia. Poco después, ya con una dinámica propia de abucheos y maltrado psicológico del rival donde la afición estaba altamente involucrada, el incidente Di Stefano vino a acrecentar el odio. Sospecho que esa fue de las primeras veces en que órganos modernos como la FIFA y las transacciones económicas aparecieron en la ecuación del odio. Por cierto, que ese período en el que ambos clubes habían pagado por Di Stefano me hace pensar en el papel del futbol latinoamericano: los jugadores como un objeto deshumanizado que se vio atrapado ante dos potencias con dinero. Un poquito más reciente fue el tema de Luis Figo y el inicio de los galácticos, que ayudó a potenciar políticamente al Real Madrid pero terminó en un conflicto bíblico para el Barça.
Supongo que a veces nos preguntamos si los Clásicos del mundo está desvalorizados. ¿Nos apelan más las tensiones polítcas o verdaderamente nos fijamos en la infraestructura y plantilla como símbolo de supremacía, olvidando lo histórico? A veces topo con comentarios como “el Clásico de antes valía más, eran Messi vs. Ronaldo; ahora es Ansu Fati vs. Vinicius”. Hace poco, el Barça terminó por desplazar al Real Madrid de los clubes más ricos del mundo (digo, a reserva de que algo haya cambiado con el drama de Bartomeu y la fractura emocional del equipo) igual que hizo el Liverpool con el Manchester. Pero esos conjuntos de expresiones de los fans me hacen pensar que nos está importando más la presencia mediática que la conyuntura políticosocial le da vida a un Clásico. Aunque me desanima bastante la apatía generalizada, luego encuentro críticas muy buenas que me regresan la esperanza. Por ahí está ese impetu político, tal vez en escalas micro, como las peleítas cotidianas, los enojos domingueros, y los fines de semanas como el que viene.
