Después de Rimet
Por: María Reyes / @maria_FerGR
Después de una breve pausa, me he dado cuenta de que diciembre es un mes falto de futbol. No porque no hayan equipos jugando, sino porque alcanzamos la cúspide de el año. En México, al menos, llegamos al final del torneo tras una sensación extraña de amargura y tristeza, y una historia añadida al diccionario. Y, aunque ya hace un tiempo de eso, se me quedó la idea de que una palabra se va construyendo con la historia social. Entonces, aunque esta columna no habla de la final, ni de ningún partido reciente, sí habla de la histórica construcción del diccionario deportivo mexicano.
En la tragedia griega, la anagnórisis es ese momento culmen de la narrativa u obra, ese recurso en el que desemboca toda la tensión, todo se junta en un punto. Y el héroe trágico descubre, sin posibilidad de dar vuelta atrás, que todo lo que ha hecho, todas las decisiones que ha tomado, lo han llevado a ese momento. Descubre la verdadera naturaleza de sus circunstancias. Cuando Edipo descubre que mató a su padre y desposó a su madre. Como humanidad, tenemos preferencia por los relatos así, complejos, superiores, inapelables. Aristóteles decía que eran mejores estas tramas; las verdaderas tragedias.
En la historia moderna, creo que la anagnórisis sucedió ayer, cuando la afición, como héroe trágico, se dio cuenta de que el destino es este. Cuando el Cruz Azul se dio cuenta de que no pueden escapar.
Cruzazulear. En el diccionario, no existe; es de esas palabras que se añaden al lenguaje por el uso y la convicción social de que hay un hecho en la realidad que debe representarse o significarse. Y no hay palabra para describirlo. Ese es el caso de muchas palabras que se utilizan en muchos países y no tienen traducción, ni pueden explicarse. Por ejemplo, en portugués existe saudade, que no es nostalgia pero sí; tampoco es tristeza, pero sí. Es y no es en español. Se siente, claro, pero no puede expresarse.
Cruzazulear es así. Es perder, pero no; es destruir, pero no; es la infinidad y lo efímero. La RAE, oh especial plataforma de sabiduría, no la ha incorporado al diccionario académico y sólo la define como una situación determinada por ser algo que frecuentemente sucede al equipo Cruz Azul. Y aparentemente es derivado del periodismo deportivo. Pero esta definición no nos sirve.
Cruzazulear es, por ejemplo, los Cuartos de Final del Apertura 2010. El equipo calificó a la liguilla como líder y favorito; venció de ida a Pumas. Todo iba bien. En la vuelta, los eliminaron del torneo en el minuto ’85.
Cruzazulear es la semifinal del Clausura 2011, contra Monarcas. En casa, destruyó a Monarcas por dos goles. En la vuelta, se necesitaron sólo 11 minutos para igualar el global y, al minuto noventa-y-cacho, fueron eliminados por 3-2 global.
Cruzazulear es la final de la Concacaf 2009-2010, después de años de acumulación sin títulos. Esta final, en la ida, iban victoriosos. En la vuelta, 92 minutos estuvieron seguros. Pero justo en el tiempo extra, Pachuca logró empatar el global y arrebatarle el campeonato a Cruz Azul. Dicen los expertos que aquí, después de tantas derrotas, surgió el término en cuestión.
Cruzazulear es ese Clausura 2003, cuando golearon al Guadalajara en la reclasificación por la liguilla. Pero a la vuelta, las Chivas remontaron para un 5-5 global, que favoreció a Chivas.
Cruzazulear también fue esa vuelta que ganaron los Rayados de Monterrey, acelerando al 6-4 global para llevarse la final del Apertura 2009.
Cruzazulear es la final del Clausura 2013, contra el América. A partir del minuto 73, en la final de vuelta, el América toma control completo del partido, aún con 10 jugadores. El empate vino al minuto 89 y al minuto 93, se obligaron los tiempos extras. Al final, todo se definió en penales. Si bien el término existía desde antes, este acontecimiento es el epítome. Y la historia ya se la saben.
Histórica la cruzazuleada de ese domingo, cuando el Cruz Azul llegó con una ventaja enorme de 4 goles. La remontada era imposible y el pase a la final era un tema de burocracia. Poco a poco, los Pumas remontaron, dos goles, luego tres. Y el Cruz Azul aguantaba como quien se siente soberbio y en control. Al minuto 89, se dio el cuarto gol de Pumas, que le arrebató el pase a la Máquina y redefinió lo que todos conocemos como perder a último momento, aún teniendo todo a favor.
Una de las teorías más acertadas es que es un condicionamiento dentro del plantel. Hay una especie de predisposición de los jugadores de perder las finales o semifinales, como si fuera una acción natural y mecánica, que simplemente así sucede y el Cruz Azul es así. Dicho sea de paso, fallar en las finales a últimos minutos es básicamente constitutivo del ADN del futbolista cruzazulino. Pero también es ese lado de tragedia clásica que impera en el futbol y, visto de esa forma, quizá el Cruz Azul es más especial que los otros equipos por ser un héroe trágico.
La característica principal de estos personajes es estar sujeto a un destino irremediable, causado por algún dios o entidad, como la fortuna o los astros; desde su nacimiento mismo, está predeterminado a repetir las acciones que lo llevan a la ruina. Es incluso más trágico cuando el héroe lo sabe e intenta huir de su futuro, intenta buscar nuevas configuraciones de acciones que le permitan escapar. Intenta, por ejemplo, asegurar su pase en un partido de ida, para que en el de vuelta no perezca independientemente de los esfuerzos de su rival. Intenta estar sereno. Y no pasa; sucede que esa acción era justo lo que el destino quería que pasara para llevarlo a la pérdida sublime. Y no hay nada que los mortales podamos hacer al respecto.
En mí, se conjuntan todas las vertientes futbolísticas. Tres amigos míos son cruzazulinos de corazón. Y uno me escribió llorando porque este año sí era y no fue. Otro me escribió enojado porque los futbolistas hicieron un pésimo trabajo; tanto, que parecía a propósito. El último entró en un estado de aislamiento del que no ha salido. Y un amigo universitario, de Pumas, cumplió con los ofrecimientos que le hizo al ente Maradona, recién llegado al lado de Dios; le hizo una ofrenda digna de un familiar y rezó todo el partido para que Pumas pasara.
Y el gran Maradona, aparentemente, condenó al Cruz Azul a su destino cruel, una vez más. O la cruzazuleada de esta noche fue, quizá, una disputa entre Maradona y alguien más, que usaron la cancha como terreno para sus diversiones. He visto a Maradona con la camiseta de La Máquina; no estaría dispuesta a aceptar que haya sido él la causa de su condena.
O quizá los dioses sepan más que nosotros y existe una razón para este círculo interminable de derrotas maratónicas en el último minuto, en penales, en la vuelta. Alguna razón que justifique las lágrimas sacrificiales de la afición, la toxicidad del plantel. La respuesta cósmica que todos esperamos y supongo que nadie, nunca, descubre.