Arriba del tren de la Casa de las Flores

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Si lo dice Twitter

Por: Amaranta Sáez/ @Amarantalks

Empezamos nuestra dialéctica retomando the mayor idea de que en este mundo 3.0 toda la información que consumimos puede (y seguramente lo está) haber sido manipulada maquiavélicamente para generar percepciones en la audiencia que influyan en la toma de decisiones comerciales y hasta políticas. Incluso la reacción más involuntaria del consciente colectivo lleva detrás de él una ininterrumpida inyección de insights que explotan con la mínima provocación.

Una vez que aceptemos vivir en este mundo digital en el que hay que esforzarse por distinguir lo real de lo ficticio y que estamos drogados de la sensación de poder y control efímero que nos genera “expresarnos libremente” usando solamente dos dedos en el celular y otros dos de frente, las palabras que siguen en la columna de esta humilde comunicadora, no les generarán mayores impresiones. Y de aquí me arranco: La casa de las flores me provoca ganas de morir.

De morir súbitamente para no tener que verla más. Es una de esas series que me dan urticaria y me hacen odiar hasta mi habitación. Me dan ganas de dejarla corriendo hasta que se termine para no sentir que no le di ni la más mísera oportunidad, pero sin sufrir.

Ya me había sucedido con la joyita que se aventó Joaquín Bissner, Me late chocolate, que protagonizó la chula Karla Souza con otro wey, del que ni me acuerdo porque me salí de la función. Ya sé, qué comparación.

Pero mi queja ofensiva no es lo que nos interesa en este momento, sino la defensa de todas las personas que me han pedido que le dé por lo menos hasta el quinto capítulo, (llevo dos y medio): ES-TÁ EN SU-PER TEN-DEN-CIA.

Les voy a explicar por qué está en su-per-ten-den-cia.

Maldito Netflix vendido. La organización de las listas de reproducción de Netflix coloca a la miniserie en todas las categorías: en recién visto, aunque no lo hayas visto; en tu lista, aunque no la hayas elegido; en cine de terror, aunque ahí si tiene sentido por lo pinche espantosa que es; en comedia, en comedia romántica, en series, miniserie, nuevas…and so on.

Marketing del infierno. To-das-mis-re-des-ha-blan-de-e-so. La chamba específica del equipo de marketing de una producción a la que no le invirtieron tres pesos, está dedicada a que pienses que todos tus amigos y conocidos están creando memes, gifs y publicaciones al respecto. Lo cierto es que, un grupo de changos de la jungla digital, las RRSS y el CM que disfrazados detrás de sus len-tes de pas-ta y sus Mac-Book, están dedicados desde hace semanas a generar contenidos y viralizarlos a través de hermosas y efectivas estrategias digitales. Si no me crees, piensa: ¿Cuántos memes has elaborado en tu vida? Cualquier respuesta amerita un honey, oh honey!

El cochino dinero. Esto no tendría ni que decirlo. Todos los esfuerzos van dirigidos a generar jugosas ganancias para los productores e inversionistas involucrados en la realización de es-te-te-le-no-ve-lón. Evidentemente, a nadie le importa que aprendas a distinguir una buena producción de televisión de una big shit. Lo que les interesa es hinchar sus carteras hasta que no puedan sentarse derechos.

Leí en Vice, además, que lo único rescatable de la super tendenciosa miniserie es la capacidad de Cecilia Suárez de crear un personaje que no la representara a sí misma, o cómo yo le llamo, la técnica Nicolás Cage; decían que habría de ser la primera ocasión en la que la actriz pudiera salir de su zona de confort y penetrar en la mente de los televidentes gracias a su hablar pau-sa-di-to…ok.

Ahí les va de nuevo la lectura detrás de Twitter: No mamen. Está bien explorar los alcances profesionales, pero ¿qué chingados con su acento? ¿De dónde lo sacó? ¿Es fresa? ¿Es barrio? ¿Quién-ha-bla-a-sí?

Bueno, que diosito me los ben-di-ga y recuerden desconfiar de todos, menos de mí.

 

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