¿Medidos o lanzados?

¿Son las encuestas aun el referente de decisión para encumbrar proyectos en la política?. Quizá la exigencia ciudadana por otra parte ha hecho lo suyo y nos lleva a decidir por quienes se sustentan en una trayectoria con cualidades positivas.

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Artículo de Opinión

Por: Guillermo Deloya / @gdeloya

En un México donde se generaliza la percepción de un desgaste sistemático que erosiona la vida política progresivamente, entender que el sentir ciudadano es más fuerte que los usos y costumbres comúnmente aceptados dentro de las clases políticas –de todos los partidos- es más que impostergable, pues como dijo Roy Campos a principios de este año; “hoy en día, los ciudadanos son muy fuertes y los gobiernos muy débiles”.

Lo anterior es tan cierto, como cierto es que cada instituto político en su personal liturgia, ha encontrado las vías para generar cohesión cuando llega el momento de las grandes decisiones. Pero, cuando se innova en sistemas de decisión que no necesariamente se apegan a aquellos de larga usanza, un partido político debe contar con un tablero de válvulas que despresuricen inconformidades y que a su vez eviten la confusión sobre cuáles serán parámetros para optar por los agraciados por las palabras mayores.

Existen múltiples estudios serios –y no tan serios, pero si representativos- que marcan las tendencias sociales que descubren y redescubren las variables que interesan de mayor a menor medida a los electores, instrumentos estadísticos que arrojan periódicamente resultados que demuestran lo que es un rumor generalizado, el mexicano no cree fácilmente en sus instituciones, se siente defraudado por incapacidad y tiene claras sus expectativas sobre las características prioritarias de un político.

Pero ¿qué ocurre en la realidad de la opinión ciudadana?, por casi una década consecutiva, la confianza en las instituciones va a la baja. Los especialistas como Roy Campos, Liébano Sáenz y Federico Berrueto hacen evidente que hay un gran descontento de la población mexicana y de ahí deriva la exigencia por la excelencia de sus políticos.

Lo anterior fundado en la estadística, pues según estos estudios, no importa quién sea quien llegue, arribará al poder con más odios que amores concedidos por los ciudadanos; quienes remarcan constantemente de la incapacidad de los políticos para gobernar.

Con este escenario es oportuno plantear con seriedad; ¿estamos normalizando el gusto y petición ciudadana dentro de las decisiones de un partido político? De ser así es plausible si de verdad esa generalización conlleva a aceptar como un método válido y comprobable que un perfil con sólidas credenciales, pueda prevalecer sobre otro que se sustenta en mediciones y cuantificación numérica de posicionamiento en una carrera electoral.

Para decirlo con todas sus letras: ¿son las encuestas aun el referente de decisión para encumbrar proyectos en la política?. Quizá la exigencia ciudadana por otra parte ha hecho lo suyo y nos lleva a decidir por quienes se sustentan en una trayectoria con cualidades positivas. Pero ojo, se acabaron argumentos donde convenientemente se podía “bajar” a alguien de la competencia, cuando las encuestas no lo posicionaban competitivamente.

Es a ese sistema de válvulas de compensación y acuerdo al que apelamos para que, ahora sí, normalizadas las reglas del juego, sepamos si hay oportunidad por los méritos de ser militante o si las hay por contar con un perfil lustroso. Quizá por ambas, pero nunca convenientemente usados los argumentos para el favor de un grupo en particular.

En resumen, probidad, humanismo, preparación y coherencia, son los valores que integran el perfil político idóneo. Perfiles con una profunda identidad política y una fuerte vocación por el servicio público son los aclamados.

Aclaro, los atributos mencionados no son solo para ganar elecciones, si no para generar gobiernos legítimos que se construyan desde la exigencia ciudadana, pues en este momento histórico, la desconfianza es tan grande, que sea quien llegue, tendrá probablemente que iniciar su mandato con un número considerable de detractores.

La fragmentación es un hecho que se acentúa cuando la legitimidad interna es arrancada por la conveniencia de la circunstancia. Ojalá que el aprendizaje de los institutos políticos sea integral, y que el reflejo de haber escuchado a la ciudadanía aplicado a la toma de decisiones para encabezar proyectos, también se materialice en dar cabida a la diferencia de posturas y a la crítica ante graves y variados problemas de nuestro venturoso país.

*Coordinador del Instituto Nacional para el Federalismo y el Desarrollo Municipal (INAFED).

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